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Desde los ojos de un conejo

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por Juan Carlos Prieto
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La imagen como vestigio, la pintura como evocación. Esta serie no es una mera reproducción del pasado, sino una exploración de su persistencia en la memoria colectiva. Las escenas difusas no buscan ilustrar sino convocar: la nostalgia no es una forma de anhelo, sino una manifestación de lo que nunca se ha ido del todo.

 

En la frontera entre la documentación y la abstracción, estas pinturas juegan con la tensión de lo visible y lo ausente. La pincelada deliberadamente imprecisa no borra los rostros ni las acciones, sino que las mantiene en un estado de suspensión, como si flotaran en la inestabilidad del recuerdo. Lo que vemos no es una imagen fija del pasado, sino el eco de una vivencia colectiva que se reinventa cada vez que es observada.

 

En este diálogo entre lo tangible y lo etéreo, la obra cuestiona: ¿Qué significa recordar? ¿Es la memoria un acto de fidelidad o de reinterpretación? En la mente, los recuerdos nunca son imágenes fijas, sino entes maleables que cambian con el tiempo, con la luz, con la emoción. Así, estas pinturas no son una reconstrucción fidedigna de una época, sino un reflejo de la forma en que la historia se deposita en nosotros: fragmentada, borrosa, pero extrañamente nítida en su impacto emocional.

 

El blanco y negro no es solo una referencia visual al pasado, sino una decisión conceptual: al eliminar la saturación del color, lo anecdótico se desvanece y lo esencial emerge. La imagen ya no es una simple representación, sino una vibración silenciosa que nos conecta con aquello que sentimos haber vivido, aunque jamás hayamos estado allí.

 

Si la memoria es un flujo en constante cambio, ¿cómo se ancla en lo colectivo? Estas pinturas no son únicamente ventanas a otro tiempo, sino espejos que nos devuelven lo que somos a través de lo que fuimos.

 

La historia nunca desaparece, siempre nos invita a preguntarnos no solo de dónde venimos, sino hacia dónde nos dirigimos.

 

Los rostros no son solo rostros, los cuerpos no son solo cuerpos. Son huellas de lo vivido, restos de una historia que persiste en la repetición de gestos, en el peso de las tradiciones, en la música callada de lo que alguna vez fue común y hoy es apenas un eco. La pintura no dicta, insinúa. Deja que la imagen respire, que el tiempo la erosione, que la mirada del espectador la complete.

 

En medio de este gris fluctuante, en la deriva incierta de lo evocado, un destello. Un punto de luz dorada, mínimo, pero irreductible. Un resplandor que no interrumpe, sino que hilvana. No es una señal ni una explicación, solo un susurro que recorre la escena como lo haría el trigo bajo el viento. Un vestigio de aquello que persiste más allá de la niebla, de lo que, a pesar del desgaste del tiempo, sigue brillando. Es el reflejo de un campo al atardecer que nunca se marchita del todo.

 

En la España vaciada, el silencio ha ocupado el lugar de las voces. Pueblos donde el eco es la única respuesta, donde la tierra recuerda el peso de aquellos que ya no caminan sobre ella. Pero en estas obras la memoria no es ruina, sino resistencia. No es nostalgia, sino testimonio. En cada imagen, en cada trazo, late la vida de lo que sigue habitando en la sombra de la historia, esperando ser recordado. Porque la España vaciada no es solo un problema demográfico, es una herida cultural. Un desgarro en el mapa que dejó huellas imborrables en quienes partieron y en quienes se quedaron. Esta pintura, con su aliento incierto y su trazo tembloroso, no busca documentar la pérdida, sino mostrar que, en algún rincón de la historia, la vida sigue latiendo.

 

Los paisajes de la España vaciada no son solo geografías del abandono; son escenarios de la imaginación. Pueblos en los que ya nadie habita, pero que siguen poblados en la mente de quienes los dejaron atrás. ¿No será que la historia, como el arte, se construye sobre lagunas, sobre fragmentos dispersos que completamos con lo que queremos creer?

 

La memoria no es un archivo, es un relato. Y como todo relato, es siempre una versión posible de lo que alguna vez fue… o de lo que nunca ocurrió. 

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¿Cómo fue tu paso por la residencia en Alcaraz?

La convivencia en plena naturaleza fomentó un diálogo enriquecedor entre distintas disciplinas, donde cada día traía nuevas perspectivas y colaboraciones inesperadas. Esta experiencia no solo me permitió profundizar en mi práctica artística, sino también construir conexiones valiosas con otros creadores en un entorno de inspiración y desconexión del ruido urbano.

Nacido en Madrid en 2001, gran parte de mi infancia estuve inmerso en la vida de un pequeño pueblo en Cuenca, Montalbo. En el año 2020 me traslado a Cuenca para comenzar mi formación artística en la Facultad de Bellas Artes culminando con la graduación en 2024 con mención en Artes Plásticas. Fue en el primer año de carrera donde empezó mi interés por la pintura.

Mi horizonte artístico se amplió al completar un año en la renombrada Academia de Brera en Milán, Italia. Esta experiencia internacional me permitió reflexionar sobre el requisito del conocimiento de la historia como nexo para generar una critica de la actualidad y el valor intrínseco de la pintura como texto de la historia y vehículo para dialogar con el pasado, presente y futuro. También he enriquecido mi formación artistica realizando prácticas en la fundación Florencio de la Fuente de Huete, donde he profundizado en la comprensión del arte como agente de cambio y reflexión en la comunidad. En la actualidad seguiré mi formación universitaria con un master en pintura en Milán.

Mis obras han sido expuestas tanto a nivel local como internacional, con exposiciones individuales en la Casa de la Cultura del Ayuntamiento de Montalbo (Cuenca) y participaciones en exposiciones colectivas como el Memorial de la Shoah en Milán, la Iglesia de San Carpoforo de Brera (Milán) y la sala Princesa Zaida en Cuenca.

Juan Carlos Prieto

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